Algún lugar encontraré

Andrés Calamaro · Caballos salvajes · 1995

Un hombre está malherido, no sabe dónde tiene la nariz, no tiene a dónde ir. Y aun así espera. “Algún lugar encontraré” no es una canción sobre la tristeza: es una canción sobre lo que ocurre cuando alguien decide no rendirse aunque todas las razones le digan que debería.

El cansancio que igual espera

La canción abre con una contradicción que no se resuelve nunca.

“Estoy cansado de buscar. Algún lugar encontraré.”

Dos frases seguidas. La primera es derrota. La segunda es fe. Y no se contradicen: conviven, como conviven en alguien que está al límite pero todavía no soltó. El narrador no elige entre rendirse y seguir. Hace las dos cosas al mismo tiempo y sigue adelante igual.

Eso es lo que hace que la canción funcione. No es una historia de amor triunfante ni una historia de derrota limpia. Es algo más incómodo y más real: alguien malherido, sin saber qué hacer, sin tener a dónde ir, que igual espera. El “pero igual” aparece una y otra vez como el eje de todo. La tormenta casi le rompe el corazón. Pero igual. La gente le dice que deje de pensar así. Pero igual. Las cosas quizás no vuelvan al mismo lugar. Pero igual.

El “pero igual” es la canción entera resumida en dos palabras.

Pero hay que distinguir este “pero igual” de la terquedad ingenua. La esperanza fácil le pertenece a quien todavía no perdió nada. Esta es distinta: viene de alguien malherido, que no sabe dónde tiene la nariz, que ya sobrevivió una tormenta que casi le rompe el corazón. El “pero igual” de quien ya pagó el costo pesa diferente al de quien todavía no fue puesto a prueba. Esa diferencia es lo que hace que la canción no sea una promesa sino algo más honesto: un acto de voluntad sostenido contra evidencia contraria.

Partir para saber volver

“A fuerza de partir, voy a saber lo que es volver.”

Calamaro llevaba años viviendo en Madrid cuando escribió esta línea. Se había ido de Argentina a principios de los noventa —la industria, la distancia, las razones propias de quien necesita un corte— y Caballos salvajes se grabó en 1995, lejos de casa. Eso no es contexto decorativo. Es lo que convierte la paradoja en confesión: el narrador no aprendió lo que significaba ese lugar mientras lo tenía. Solo al acumular partidas empieza a entender qué era lo que dejaba. Y el “volver” en el Río de la Plata tiene una carga que ninguna otra palabra del español carga igual —hay un tango entero dedicado a ella—. Calamaro escribe desde adentro de esa tradición y desde adentro de su propio exilio: alguien que sabe partir porque lleva años haciéndolo, y que todavía no sabe bien qué significa lo otro.

“Dejé todo, aunque todo lo recuerdo muy bien.” La salida no borró nada. El pasado no se archivó. Sigue ahí, intacto, mientras él avanza hacia un lugar que todavía no existe. El cuerpo va hacia adelante y la memoria no se mueve.

El ángel que rechaza

“Un ángel me vino a buscar. Igual, igual, no lo quiero seguir.”

Es el verso más extraño de la canción y también el más revelador.

Alguien —o algo— le ofrece una salida. Una rendición digna. Una manera de cerrar esto y seguir. Y él la rechaza. No porque no esté agotado. Está agotado desde el primer verso. La rechaza porque aceptarla significaría dejar de esperar, y dejar de esperar es lo único que todavía no está dispuesto a hacer.

La gente le dice que deje de pensar así. El ángel viene a buscarlo. El mundo entero parece empujar hacia el cierre. Y él dice que igual espera. No con heroísmo. Con terquedad. Con esa forma particular de amor que no sabe cómo hacer otra cosa.

La pregunta que no se responde

Hacia el final, la canción se permite una duda.

“¿Será que las cosas no vuelven al mismo lugar?”

Es la única vez que el narrador considera la posibilidad de que su espera sea en vano. Que el lugar al que quiere volver ya no exista. Que la persona que espera ya no sea la misma. Que el mismo tampoco sea el mismo.

Y después de plantear esa duda, dice: “pero igual, igual, te espero.”

No la resuelve. No la descarta. La sostiene y sigue esperando de todas formas. Porque la pregunta no cambia nada. La espera no depende de la respuesta.

Algunos amores no esperan porque tengan razón. Esperan porque no saben hacer otra cosa.

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