Nada de esto fue un error

Coti · Coti · 2003

Algo pasó entre dos personas. Fue intenso, fue buscado, y terminó mal. “Nada de esto fue un error” no narra lo que ocurrió, sino el momento en que uno de los dos decide cómo va a recordarlo.

Dos frases y una historia entera

La canción se sostiene sobre muy poco texto explícito. En realidad se puede resumir en dos afirmaciones: “no fue de casualidad, yo quería que nos pasara” y “nada de esto fue un error”.

Entre esas dos frases cabe toda la historia: se conocieron, se buscaron, se hicieron daño, algo se rompió. Coti no relata nada de eso. Solo muestra el momento en que, después de que todo haya pasado, alguien decide cómo quiere recordar lo vivido.

La canción no está narrando la relación. Está narrando el juicio final sobre la relación. No describe escenas, sino la frase que el protagonista va a ponerle como título a esa película.

El narrador que se sienta en el banquillo

La canción arranca con una confesión: “tengo una mala noticia, no fue de casualidad, yo quería que nos pasara.”

No hay misterio sobre quién habla. Es alguien que se declara responsable. En lugar de la estrategia típica de la balada —“no sé cómo pasó, fue el destino”— se acusa a sí mismo. Se sube solo al banquillo y dice: yo lo provoqué.

Pero en la misma jugada se defiende. Porque asumir que quiso que pasara le permite, más adelante, decir que no fue un error. Si lo que hiciste fue intencional, puedes elegir verlo como decisión, no como equivocación.

Toda la canción es ese movimiento doble: me culpo para poder absolverme.

La pelea que no escuchamos

La letra parece amable, pero está escrita sobre el eco de una discusión anterior que no escuchamos. Se siente que antes hubo reproches. Nada de eso está dicho, pero está en el aire cuando el narrador responde: “no quiero que me perdones y no me pidas perdón, no me niegues que me buscaste.”

Ahí aparece el otro personaje, sin voz propia. Solo lo conocemos por negación: alguien que probablemente está tratando de poner distancia, diciendo que fue un desliz, una equivocación. El narrador contesta con tres movimientos muy concretos.

Te quito el papel de víctima: también me buscaste. Te quito el papel de verdugo: no necesito tu perdón. Y me quito el mío: no fue un error.

La pelea real, la que tuvo frases feas y escenas incómodas, queda fuera de campo. Lo que escuchamos es la versión editada, casi diplomática. Pero el subtexto es áspero: si vamos a reescribir la historia, reescribámosla los dos.

Lo que defiende el otro

El narrador quiere que esto se llame decisión. El otro lo llama error.

Hay algo en juego en esa disputa que conviene nombrar: el otro, al llamarlo error, se protege de haber sido cómplice. Si fue un error —un desliz, algo que no debería haber pasado— entonces los dos quedamos liberados. El error no es de nadie en particular. Fue la circunstancia, fue el momento, fue la noche.

El narrador le niega esa salida. “No me niegues que me buscaste.” Lo obliga a ser corresponsable. Y al obligarlo a serlo, también lo obliga a reconocer que lo que vivieron tenía peso real. Que no fue casual.

Eso es lo que hace que el otro personaje importe aunque no hable. No es solo alguien que pide perdón o intenta borrar lo ocurrido. Es alguien que está activamente reescribiendo una historia compartida para no tener que habitar las consecuencias de haberla vivido.

Y el narrador, con toda la calma de sus dos frases, no lo deja.

Error, azar y entrega

“Los errores nos eligen, para bien o para mal.”

Hasta este verso, la palabra error pertenecía al otro —era su versión de los hechos, su manera de archivar lo vivido—. El narrador la toma y la deforma. Si los errores nos eligen, ya no son decisiones equivocadas: son cosas que pasan, fuerzas que llegan de afuera. Con una sola línea le quita a la palabra su carga de culpa y la convierte en destino.

Lo que sigue completa la operación: “aprendí la diferencia entre el juego y el azar, quién te mira y quién se entrega.”

Esa secuencia —azar, juego, entrega— no es una lista. Es una escalera. El azar no tiene agente: las cosas pasan. El juego tiene agente pero no riesgo real: se mira, se tantea, se puede salir. La entrega tiene agente y riesgo: alguien decidió quedarse sabiendo lo que costaba. Lo que hace la escalera es obligar al oyente a ubicarse. ¿Dónde estuviste vos? ¿Mirando o entregándote?

Y ahí está el mecanismo. La canción no argumenta que la relación fue buena. Argumenta que fue real. Si fue azar, no hay responsabilidad. Si fue juego, no hay pérdida verdadera. Solo si fue entrega lo vivido tiene peso suficiente para que duela, y peso suficiente para que valga. El narrador necesita que haya sido entrega —no a pesar del dolor, sino justamente por él—. Porque si fue entrega, lo que siente ahora no es culpa. Es el costo de haber apostado en serio.

Un conjuro en presente

Una de las cosas más discretas de la canción es que casi todo está en presente. No dice “nada de aquello fue un error”. Dice “nada de esto fue un error”. No habla desde un pasado resuelto. Habla desde una herida todavía fresca.

Eso cambia todo. No es el balance de alguien que ya lo superó. Es alguien en caliente que decide cómo quiere recordar algo que aún le arde. Y al decirlo en presente, el estribillo funciona menos como conclusión y más como conjuro: a fuerza de repetirlo, intenta que empiece a dejar de doler como error.

La canción no solo describe un sentimiento. Lo fabrica.

Nada de esto fue un error. Nada fue un error. Nada de esto.

Dicho suficientes veces, quizás termina siendo verdad.

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