Prefiero seguir tus pasos
Hay un momento en que uno deja de querer ir adelante. Cuando alguien te importa lo suficiente, lo que querés es ir donde va, pisar donde pisa, no perderle el rastro. Pasos es esa decisión convertida en canción.
Cerati la repite hasta que se vuelve casi un mantra: prefiero seguir tus pasos. Una frase humilde, sin juramentos ni promesas grandes. Entre ir solo a cualquier parte o ir detrás de esa persona a donde sea, elige lo segundo.
Para mí esta canción siempre fue eso. Seguir a ese amor. Yo prefiero seguirte.
El “Yo” que se queda solo
Cerati podría haber cantado el verso de corrido. Yo prefiero seguir tus pasos. En cambio lo corta. Deja el Yo colgando en su propia línea, sin nada que lo sostenga, y recién después llega lo que ese yo decide hacer.
Lo que decide es ir atrás. Seguir los pasos de alguien es renunciar a marcar el camino, dejar que el otro elija la dirección. El verso levanta el yo en primer plano para entregarlo un segundo después. Primero se afirma, después se ofrece.
Esa pausa mínima es la canción entera: cuánto cuesta poner a otro adelante.
El mareo como devoción
La canción arranca con el cuerpo fallando. Tengo mal de alturas, y aquí vuelan pájaros de oro, si me mareé, es por devoción.
El mal de alturas es el vértigo, la cabeza que da vueltas cuando estás demasiado arriba. Cualquiera lo leería como una debilidad. El narrador lo lee como prueba de amor: si está mareado, es porque siente tanto que el cuerpo no da abasto.
El lugar ayuda. Pájaros de oro volando, un sitio luminoso, irreal, demasiado alto para él. Está donde nunca estuvo, y el cuerpo lo registra antes que la cabeza. El amor mareando como una altura.
Contar los pasos
En el medio aparece algo raro para una canción de amor: números. Es igual a un láser, la pasión actúa por reflejo, de 1 a 2, de 2 a 3.
Un láser apunta a un solo punto, derecho, sin desvíos. Un reflejo ocurre antes de pensarlo, el cuerpo lo hace solo. Después viene el conteo: de 1 a 2, de 2 a 3. La cuenta de quien aprende a caminar, de quien marca un baile, de quien da un paso detrás de otro.
Acá la canción justifica su nombre. Seguir los pasos es esto, literal: contar uno por uno los movimientos del otro para repetirlos. La pasión no se decide; cuando uno se quiere dar cuenta, ya va por el 3.
Suena el mar
Cuando ya no queda nada para explicar, queda el mar. Suena el mar. Suena el mar.
Después de los números y el láser, la letra se afloja. Cerati elige escucharlo antes que mirarlo: se queda con el sonido, lo que no tiene contorno, lo que llena todo sin dibujar nada.
El mar es adonde llevan todos los pasos cuando ya no importa adónde se va. La frase se repite y, al repetirse, deja de informar y empieza a sonar, igual que la música abajo. La canción dejándose llevar, que es de lo que venía hablando todo el tiempo.
Lo que quedó de esos pasos
Cerati escribió Pasos en México, durante la gira Dynamo, en la misma época que Te llevo para que me lleves. Viajaba con Cecilia Amenábar, que aprovechaba sus vacaciones de la facultad para acompañarlo. De ahí la lectura más obvia: seguir los pasos de la persona con la que se viaja, ir a donde va el otro porque estar cerca pesa más que cualquier rumbo propio.
Circula otra lectura, más callada. Que la canción le habla al padre, muerto pocos años antes. Seguir los pasos de alguien que ya no está para mostrarlos. Las dos caben, porque Cerati nunca aclara de quién son los pasos. Solo dice que prefiere seguirlos.
La canción terminó siguiendo sus propios pasos sin él. Soda la tocó acústica en el MTV Unplugged, después editada en Comfort y música para volar. Volvió sinfónica en 11 episodios sinfónicos. En 2020, en Gracias Totales, Zeta Bosio y Charly Alberti la tocaron juntos por primera vez, con Andrea Echeverri cantando donde antes cantaba Cerati.
Una canción sobre seguir los pasos de alguien que se adelantó. Veinticinco años después, somos nosotros los que seguimos los suyos.