Puedo sentirlo

David Lebón (ft. Julieta Venegas) · 7x7 · 1986

El pronombre que no cierra

La canción se llama “Puedo sentirlo”. Y en ese título está todo el problema.

Sentir qué.

El “lo” queda flotando. No dice “puedo sentir tu amor”, ni “puedo sentir la alegría”, ni “puedo sentir que todo va a estar bien”. Dice “lo”. Un pronombre sin referente claro, una promesa de completitud que la canción no cumple deliberadamente.

Eso no es un descuido. Es la decisión que define todo lo que sigue.

Porque cualquier cosa que hubiera venido a ocupar ese lugar habría reducido la canción a un momento específico. “Puedo sentir tu amor” habla de una persona. “Puedo sentir la alegría” habla de un estado. Pero “puedo sentirlo” habla de algo que está antes de poder nombrarlo: la percepción pura, el cuerpo que ya sabe lo que la cabeza todavía no terminó de procesar. Lebón no define lo que siente. Le pone un pronombre y sigue.

Y esa apertura tiene consecuencias: la misma canción puede ser verdad a los 34 y a los 67, en solitario y en dúo, en plena euforia y en la quietud de una segunda vida artística.

Hola, ¿cómo estás?, ¿sos feliz?

Toda la canción construye hacia el estribillo. Y cuando llega el estribillo, la declaración emocional que el oyente espera es:

“Hola ¿Cómo estás?, ¿sos feliz?”

Un saludo. Una pregunta cotidiana. Lo que le decís a alguien en la calle o en un chat entre dos reuniones.

Y sin embargo es el momento de mayor peso de toda la letra. Porque la canción no llega al estribillo diciendo “te quiero” ni “sos lo mejor que me pasó”. Llega preguntando si el otro también es feliz. La emoción tan grande que no cabe en una declaración sale como una pregunta hacia afuera: ¿y vos?

Aute lo sabía: las emociones más grandes se esconden detrás de los detalles más triviales. El helado de fresa. Las cuatro y diez. Y aquí: un hola, ¿cómo estás? dicho en el pico exacto de la canción, cuando todo lo anterior —el corazón que suena fuerte, el relajarse, el bailar con los ojos cerrados— desemboca en esa pregunta simple.

No dice “te amo”. Pregunta si sos feliz. Que es, en el fondo, exactamente lo mismo.

Sé / no sé

El estribillo no siempre termina igual.

A veces cierra con “yo lo sé y es así”. Otras veces cierra con “yo no sé si es aquí”. La diferencia es sutil en el texto y enorme en lo que dice.

“Yo lo sé y es así” es certeza sin argumentos. El cuerpo sabe, fin de la discusión. “Yo no sé si es aquí” es algo distinto: no es duda sobre el sentimiento, es duda sobre el lugar. Si lo que siente es real y lo sabe con certeza, ¿por qué no sabe si es aquí donde pertenece?

Esa distinción —saber qué sentís pero no saber si estás en el lugar correcto— es de las tensiones más honestas que puede tener alguien enamorado. La certeza del sentimiento y la incertidumbre del destino conviviendo en el mismo estribillo, alternándose, sin que ninguna anule a la otra.

Lebón no resuelve la tensión. La deja oscilar, verso a verso, como oscila de verdad.

La misma canción, 33 años después

En 2019, Lebón decidió que su álbum de regreso iba a abrir con esta canción.

No con una composición nueva. No con una declaración sobre lo que había vivido en las décadas anteriores. Con “Puedo sentirlo”, grabada de nuevo, ahora con Julieta Venegas.

La elección no es nostálgica. Es una apuesta: ¿la canción sigue siendo verdad?

El álbum 7x7 se grabó durante el Mundial de México 1986, mientras Argentina levantaba la Copa. Lebón escribió en los agradecimientos del disco: “a Bilardo y los chicos, por contribuir a la felicidad de este disco.” La euforia de la canción no era solo íntima: era histórica, colectiva. El corazón que sonaba fuerte sonaba al mismo tiempo que millones de corazones argentinos. Y sin embargo la canción está escrita en primera persona singular, como si esa felicidad enorme le perteneciera a un solo cuerpo.

Treinta y tres años después, Venegas entra. Y lo que hace su voz no es decorar la canción original: es probarla.

El “lo” sin definir, dicho por alguien que lleva décadas de pop en español, suena igual de abierto que antes. El “¿sos feliz?” como declaración máxima sigue siendo verdad en su boca. Pero hay algo más: el sé y el no sé —las dos versiones del estribillo— ahora pueden pertenecer a voces distintas. Lo que en 1986 era la oscilación interna de un narrador, en 2019 puede ser el intercambio entre dos personas que sienten lo mismo y aun así no saben si están en el lugar correcto.

La arquitectura abierta del pronombre permitió que otra persona entrara treinta y tres años después y dijera lo mismo con igual verdad. Eso es la prueba de que la apertura era estructural, no accidental.

Lo que no se define no se desgasta. El “lo” sigue flotando, y hay siempre alguien que puede sentirlo.

El arreglo que tampoco cierra

La letra deja el “lo” sin resolver. La música hace lo mismo desde otro lado.

“Puedo sentirlo” no construye hacia un climax. El arreglo sostiene la misma temperatura durante casi toda la canción: cálido, ligeramente flotante, sin el estallido que confirmaría lo que la letra promete. El estribillo sube pero no explota. La emoción no se descarga. Se queda suspendida, que es exactamente lo que hace el pronombre sin referente.

Esa correspondencia no es casualidad. Una canción sobre sentir algo que no se puede nombrar necesita música que tampoco nombre. Si el arreglo hubiera resuelto —si la cuerda hubiera empujado hacia arriba en el clímax, si el estribillo hubiera llegado con toda la fuerza disponible— habría cerrado lo que la letra deliberadamente no cierra. Lebón lo evita. La música y la letra operan juntas en el mismo principio: esto no termina donde esperás que termine.

El cuerpo que sabe

“Y bailar cuando cierro los ojos, pensando en vos.”

La imagen parece simple. Pero lo que le sigue la transforma.

“Y gozar, cada paso, contigo. Sabiendo quién soy.”

La segunda mitad de la canción hace un movimiento que la primera no anticipaba. Bailar con los ojos cerrados es interioridad: el propio espacio, la imagen del otro adentro. Pero “sabiendo quién soy” es otra cosa. No es solo alegría dirigida hacia alguien. Es la alegría de reconocerse. El amor no como disolución de la identidad sino como su condición. El narrador no se pierde en el otro: se encuentra.

Eso conecta con el “me siento protegida, otra vez” de la misma estrofa. La seguridad que da ese amor no es posesiva ni dependiente. Es el fondo estable desde el cual alguien puede reconocerse. Bailar con los ojos cerrados y saber quién sos son dos caras de lo mismo: una interioridad que necesita al otro no para existir, sino para nombrarse.

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