Seis infinitivos
Saber. Querer. Quitarse. Sacarlos. Pintarse. Tentar.
El estribillo entero está en infinitivo. Seis verbos y nadie que los conjugue. No dice yo sé que se puede ni sabé que se puede. Dice saber.
Comparalo con la estrofa, que sí tiene a quién: sé qué hay en tus ojos, estás cansado de andar, depende de ti. La estrofa te señala. El estribillo te suelta.
¿Por qué la misma canción entra en una cancha, en una marcha y en una misa sin cambiar una sílaba? Porque no hay nadie adentro. Es uno de los recursos más difíciles de sostener: casi todo estribillo grande necesita un yo o un vos para que el que escucha tenga de dónde agarrarse. Este no lo tiene, y por eso lo agarra cualquiera.
Fijate la próxima vez que lo escuches cantado en grupo. Cien personas diciendo saber que se puede y cada una hablando de otra cosa: una del laburo, otra de un tratamiento, otra de un país. Nadie se da cuenta de que no están diciendo lo mismo. La canción los hace sonar igual.
El que sabe y el que está cansado
Tres veces arranca igual. Sé qué hay en tus ojos. Sé que las ventanas se pueden abrir. Sé que lo imposible se puede lograr.
Alguien sabe. Y el que sabe no es el que está cansado.
El que canta mira desde afuera y diagnostica: yo veo lo que te pasa, yo sé que se puede, arreglalo vos. En cuatro minutos nunca dice yo también estuve girando siempre en un lugar.
Por eso hay gente a la que esta canción le resulta insoportable, y no se equivoca. Es la voz del que ya salió hablándole al que sigue adentro.
Pero todos estuvimos en los dos lugares. Todos le dijimos alguna vez a alguien que se puede, sabiendo mientras lo decíamos que la frase no alcanzaba, y diciéndola igual porque no teníamos otra cosa para dar. La canción es esa escena. Incomoda porque es exacta.
Tentar, dos veces
Pintarse la cara color esperanza. Tentar al futuro con el corazón.
Tentar es una palabra rara para poner ahí. La canción viene diciendo que se puede, que lo imposible se puede lograr, y cuando llega el momento de nombrar el acto central no dice entrar, ni construir, ni conquistar. Dice tentar.
Tentar es tantear. Es meter la mano a ver qué pasa, lo que hacés cuando no estás seguro de que te vayan a atender. Nadie a los veinte dice tentar. Es la palabra de alguien que ya se comió alguna.
Y la palabra ya estaba dos versos antes: es mejor perderse que nunca embarcar, mejor tentarse a dejar de intentar.
El primer verso es limpio: mejor esto que aquello. El segundo repite la idea y cambia la bisagra. Donde había un que, hay un a. Puede ser el a que compara, el de prefiero morir a rendirme, y entonces dice lo mismo que el verso anterior: mejor animarse que dejar de intentar. O puede ser el de tentarse a comer otro, el que introduce aquello a lo que uno se tienta, y entonces dice que es mejor la tentación de aflojar.
Una preposición sostiene las dos, y las dos son ciertas al mismo tiempo. Cualquiera que haya estado de verdad mal sabe que las ganas de seguir y las ganas de largar todo no se turnan: conviven, en la misma persona, el mismo día. La canción lo dejó escrito sin darse cuenta, en la única línea que nadie entiende del todo.
Nadie lo nota. Cantando no se lee: la melodía levanta el verso, la rima cierra, y la frase pasa antes de que llegues a preguntarte qué dijo.
Pintarse la cara
Pintarse la cara color esperanza.
No dice tené esperanza. Dice pintate.
Pintarse la cara es lo que hacés antes de entrar a la cancha o antes de ir a la guerra. Nunca es para esconderse: el que se pinta quiere que lo vean. Y no se pinta porque tenga el partido ganado. Se pinta sabiendo perfectamente lo que puede pasar.
Por eso la canción no te pide un sentimiento, que es lo único que no se le puede pedir a nadie. Te pide un gesto, y el gesto va primero. La cara antes que las ganas. Cualquiera que se haya levantado un día imposible y se haya bañado y vestido igual sabe que funciona así, y que no es mentirse.
Y el color no lo nombra nunca. Todos sabemos que la esperanza es verde, pero la canción no lo dice. Deja el casillero abierto, igual que dejó abierto el sujeto.
Todos se la llevaron puesta
Coti Sorokin escribió el estribillo alrededor de 1999, arriba de un colectivo. No era para él. En esa época componía por encargo —jingles de publicidad, canciones para que grabara cualquiera— y tenía dos hijos chicos. “Tocaba en fiestas, componía para cualquiera”, contó después. “Prefería eso a repartir pizzas.” La canción sobre no aflojar la escribió alguien que no se podía permitir aflojar ni un día. No estaba mandando un mensaje. Estaba trabajando.
Dos años más tarde, con el disco de Diego Torres casi cerrado, la discográfica pidió una canción más. Cachorro López lo llamó: ¿te acordás de ese estribillo que me cantaste una vez por teléfono? Fue la última en entrar al disco. Salió el 20 de noviembre de 2001.
Once días después llegó el corralito. En diciembre hubo cacerolazos, saqueos, cinco presidentes en once días y unos cuarenta muertos. La consigna del país era que se vayan todos. Y sonaba esto. Las canciones que retrataban la bronca existían —Sr. Cobranza, Se viene el estallido—, pero la que se pegó fue la otra. Se metió donde nadie la había invitado: en las iglesias, antes y después de la ceremonia; en los actos de fin de año; en la radio a cualquier hora, todos los días. Gente que acababa de perder los ahorros cantando que las ventanas se pueden abrir.
En mayo de 2003, Torres la cantó en el aeropuerto de Cuatro Vientos, en Madrid, delante de Juan Pablo II. Después la quisieron usar el PP y el PSOE, a veces con la letra cambiada, y también partidos en México y en Uruguay; Torres terminó pidiendo en público que los políticos dejaran de usarla. En 2006 le preguntaron a Coti si la había escrito hojeando un libro de autoayuda. Contestó: “El tema a mí me suena más al Che Guevara. No existe ni existió un soñador como él.”
El Papa y el Che, la misma canción, sin tocarle una sílaba. Nadie estaba equivocado. Un estribillo sin sujeto tampoco tiene a quién pertenecer, y cada uno se lo llevó puesto convencido de que hablaba de lo suyo.
En septiembre de 2019, Coti y Torres se pelearon en público por la autoría. Ocho meses después, encerrados por la pandemia, cantaron los dos la misma canción en el mismo video, con Rubén Blades, Thalía, Carlos Vives, Lali y treinta más. Coti cedió sus derechos. Lo recaudado fue a la Organización Panamericana de la Salud.
Se pelearon por quién era el dueño y terminaron regalándola.
Nadie la pone
Nadie tiene Color esperanza en una playlist. Nadie la elige un martes cualquiera. Y sin embargo todo el mundo se la sabe entera sin haberla aprendido nunca.
Aparece. En la radio de un taxi, en un acto de colegio, en una misa, en un velorio. Te encuentra cuando estás mal, que es exactamente cuando no la hubieras puesto.
¿Por qué se queda una canción que nadie elige? Las otras se quedan por lo que dicen: una frase que te describió antes de que supieras describirte. Esta se queda al revés. No te describe. Deja el lugar libre y espera que lo llenes vos. Por eso le sirvió a un país fundido, a un Papa, a dos partidos enfrentados y a una pandemia sin cambiar una sílaba. No hay nada adentro que se pueda gastar.
Y por eso, también, alguna vez la vas a cantar sin creerla. Con la voz rara, mirando a otro lado, en un lugar donde no la elegiste. No importa. La canción nunca pidió que le creyeras.
Seis infinitivos sin dueño, una preposición que apunta para los dos lados y un color que jamás se nombra.
No te pide que tengas esperanza. Te pide que te pintes la cara.
Pintarse la cara es prepararse para lo que sabemos que se viene. Con toda la actitud.