“Y yo sé”
Y yo sé que la vida me hizo un poco, me hizo un poco diferente.
Fijate quién habla.
Casi todas las canciones sobre ser diferente le hablan a otro. No estás solo. Sos hermoso como sos. Segunda persona: alguien parado afuera que mira y absuelve. Y un veredicto de afuera se puede discutir siempre. El que te lo dice te quiere y por eso lo dice, o no tiene idea. De cualquier manera está afuera.
Acá no hay nadie consolando. El que canta es el bicho. Yo sé. No es algo que le vengan a informar: es algo que ya sabía antes de que arrancara la canción. No hay proceso ni final feliz. Empieza del otro lado.
Cuando esta canción se te pega, lo que se te pega es una frase en primera persona. Cantarla es decirla de vos. La canción no te dice que estás bien: te presta las palabras para que lo digas vos, con tu boca, sin que nadie te lo esté concediendo.
A mí me llega por mi AuDHD, y no me llega porque me explique nada. Explicaciones tengo de sobra. Hace otra cosa: no me pide que entienda nada. Los días son descifrar (qué quiso decir con eso, por qué se rieron si no era un chiste), traducción simultánea de un idioma que los demás hablan sin saber que lo están hablando. Esta no hay que traducirla. Dice raro y quiere decir raro. Nada más.
Por eso vuelve. No vuelve el argumento; el argumento ya te lo sabés y hay días en que no alcanza. Vuelven cinco sílabas que se pueden decir en voz baja, un día que salió torcido, sin tener que convencerse de nada antes. Raro pero bien.
”Y si yo fuera como tú”
El estribillo arranca con una hipótesis: y si yo fuera como tú.
No es una hipótesis. Es una jornada laboral.
Ser como vos: copiar el tono, medir el volumen, sostener la mirada la cantidad correcta de segundos, guardar las manos, ensayar la respuesta antes de que llegue la pregunta, revisar después si estuvo bien. Eso tiene nombre (enmascaramiento) y no es un concepto: es lo que uno hace desde que sale de la casa hasta que vuelve. La canción es infantil y no usa la palabra. Describe la operación completa igual.
Y después contesta. Podría contestar yo sería infeliz. Sería cierto y sería inútil, porque a nadie le importa demasiado lo que te cuesta parecer normal. Contesta otra cosa: nada sería divertido. Un desperdicio creativo.
El costo se lo pasa al otro. No dice “enmascararme me hace mal”, dice “si yo me enmascaro, vos perdés”. Y desperdicio no es una queja: es una categoría contable. Algo que existía y se tiró.
Hay algo que la canción no hace nunca. No le dice aburrido al tú. No lo acusa ni se venga. En toda la letra no hay una sola línea agresiva contra los que sí encajan. Y tampoco les pide nada: no dice aceptame, no dice dejame en paz.
Es la diferencia entre pedir permiso y pasar la cuenta.
El intruso de la lista
Sobre el final la canción abandona las frases. Se queda con adjetivos sueltos, uno por línea, sin verbos que los sostengan:
Asimétrico. Exótico. Mágico. Fantástico. Único. Real.
Cinco de esos seis son de cuento. Asimétrico, exótico, mágico, fantástico, único: se los podés decir a un unicornio. Son elogios, y son de los elogios que se usan para compensarle algo a alguien.
Real no.
Real no es un elogio. Es un dato. Es el único de la lista que no depende de que el otro esté de acuerdo.
El disco viene de ahí. Juancho Valencia lo escribió con la asesoría de una bióloga, para que los bichos fueran los bichos: la cucaracha, el chulo, el sapo, la araña, el murciélago, el ciempiés. No son metáforas de nada. Están afuera, ahora mismo. El chulo limpiando la carroña que nadie quiere tocar.
Por eso real no va ni primero ni último. Va justo antes del guiño (y como si fuera poco, original) y la canción se ríe y se va.
El bicho sin nombre
La sinfonía de los bichos raros tiene doce canciones. Nueve llevan un animal en el título: Mariposa Negra, Cucaracha, Chulo, Ciempiés, Araña, Mantis, Sapo, Serpiente, Murciélago. Una décima, Por ti, es de la zarigüeya. Cada una le pone nombre y cara a un bicho que la gente aplasta sin pensarlo dos veces.
La que cierra el disco no nombra ninguno. Soy un bicho diferente, no frecuente, pero demasiado bien. Bicho, a secas.
Once canciones repartiendo nombres y en la última los saca todos. No es descuido: es la única forma de dejar la silla libre. Después de escuchar once veces que el despreciado tiene razones para estar acá, llega una donde el bicho no tiene especie, y el que la está cantando entra ahí.
Importa dónde se cantó esto por primera vez. No salió de un disco para gente que ya la pasó mal: salió de un montaje de teatro para niños, con orquesta y coreografía, estrenado en el Teatro Colsubsidio de Bogotá en octubre de 2021, hecho por una banda que venía de ganarse un Latin Grammy con un disco de cumbia. Casi todas las canciones sobre ser diferente llegan tarde, cuando el que escucha ya lleva unos años sabiendo que algo en él no cierra. Esta llega antes. No consuela: previene.
Es una canción que afirma soy el único individuo de esta forma en el universo infinito, escrita para que un teatro entero la cante al mismo tiempo. Eh-eh, eh-eh, la-la-la, la-la. La parte más fácil de repetir de todo el disco es justo la que dice que sos irrepetible.
No es una contradicción. Es el disco funcionando. Ninguno de los bichos es raro solo.
De los seis adjetivos, cinco me los puede discutir cualquiera. Real no.