Perdí una batalla
“Mamá sabe bien, perdí una batalla.” La canción empieza después de la derrota. No sabemos contra quién fue ni qué se perdió, y no hace falta, porque cada uno tiene la suya a mano: un trabajo, una pareja que se terminó.
Y dice batalla, que es una parte. La guerra sigue, y el que canta lo sabe aunque todavía no tenga fuerzas para volver al frente. Por eso lo que pide es tan chico: “quiero regresar solo a besarla”. Sin revancha y sin tener que explicar nada. Volver un rato adonde alguien nos conoce desde antes de cualquier batalla.
Ella, además, ya sabe. Mamá sabe bien. Es lo que nos pasa con muy pocas personas: llegar y no tener que contar nada, porque nos vieron la cara en la puerta. Gustavo Cerati, que escribía y cantaba en Soda Stereo, la banda argentina que en los ochenta y noventa llenó estadios en toda América Latina, dijo que era la única canción en la que nombraba a su madre. Cuando la cantamos nosotros, Mamá es la persona que cada uno tenga en esa puerta.
Todo quemaba
“Cuando regresé, todo quemaba.” Entre la primera estrofa y la segunda pasó el viaje de vuelta, y la canción no lo cuenta. Cuenta lo que encontró: la casa adonde volvía también estaba en llamas.
Casi todos tuvimos ese regreso. Volvemos al lugar que nos curaba y el lugar también está mal: alguien enfermo, una casa que ya no es la misma.
Dos años antes, Ozzy Osbourne, la voz de Black Sabbath, había cantado Mama, I’m Coming Home, y esa Mama era Sharon, su esposa, a la que él llamaba así. Ozzy canta el regreso como promesa y la canción termina en la puerta. La de Cerati entra, y adentro todo quema. Aun así no se da vuelta. El verso siguiente es “no está mal sumergirme, otra vez”, y el fuego lo manda más hondo.
A mí me pasa con Leticia, mi abuela. Cada vez que suena, es a ella adonde quiero regresar. En ella encontraba siempre la energía para volver al combate, para volver a ser. Hoy, cuando la escucho, me da nostalgia, y la canción me sigue llevando hasta ella.
El río que sangra y calma
“Ni temer que el río sangre y calme.” Un río que sangra es una herida que no para. Un río que calma es lo que buscamos cuando nos sentamos frente al agua sin hacer nada. La canción le pone los dos verbos al mismo río, y le pide a quien la escucha que no le tenga miedo.
¿Por qué esa imagen se siente antes de entenderse? Porque así funciona el llanto. Duele mientras sale y deja una calma rara cuando termina, y es la misma agua. Cualquiera que haya llorado mucho después de una pérdida conoce ese orden: primero sangra, después calma. El miedo es a abrir la canilla y no saber si después va a parar.
El permiso llega con la forma más chica posible. Nadie dice que esté bien. Dice “no está mal”, que es lo que nos dice alguien que nos quiere cuando no tenemos fuerza para escuchar algo más grande. No está mal llorar, no está mal volver a ser dueño de uno mismo otra vez.
Bucear en silencio
En la segunda estrofa el agua vuelve, pero el que canta ya está adentro. “No está mal sumergirme, otra vez.” Y en el lugar donde antes contaba sus plegarias aparece “sé bucear en silencio”.
Bucear es otra cosa que flotar o hundirse. El que bucea baja a propósito, aguanta la respiración y sabe que tiene que volver a subir. Es la forma en que muchos aprendimos a atravesar lo peor: sin contárselo a nadie, conteniendo el aire hasta que pasa. La canción lo presenta como un saber, sé, y al principio la que sabía era Mamá. Ahora sabe él, y es fácil imaginar de quién lo aprendió.
Justo después de en silencio la voz se queda sin palabras y hace uh-uh-uh, ah-ah. Es lo más parecido a cantar debajo del agua.
Al final hay recompensa
“Tarda en llegar / y al final / al final, hay recompensa.” Esa frase la tarareamos solos, en la ducha, en una semana mala, sin acordarnos de dónde la sacamos.
Suena a algo que nos dijeron de chicos. Ya va a pasar. Tarda, pero llega. La frase misma se demora: da dos vueltas con al final antes de llegar a la recompensa, como quien repite una promesa para convencerse mientras convence al otro. Y la canción nunca muestra esa recompensa. Se termina repitiendo “en la zona de promesas”, cuatro veces, mientras la grabación se apaga.
Una zona es un lugar donde se vive. La canción nos deja ahí, después de la batalla y antes del premio, que es donde pasamos buena parte de la vida. Por eso vuelve cada vez que estamos en ese lugar, y nos acompaña mientras esperamos que alguien haya tenido razón.
La que espera
Cerati contó que la escribió muy rápido, “con mucha carga de emoción”. Había quedado afuera de Dynamo, el disco de 1992, y al año siguiente salió como la única canción nueva de un álbum de remixes que la discográfica publicó por contrato, sin que la banda fuera muy consultada.
En 2009 la grabó Mercedes Sosa, a dúo con Cerati. Sosa era la gran voz del folklore argentino, la que había llevado Gracias a la vida por todo el continente, y ya pasaba los setenta años. El disco se llamó Cantora y salió pocos meses antes de su muerte. En esa versión, “Mamá sabe bien” lo canta una mujer que podría ser la madre de la canción. Lilian Clark, la madre de Cerati, la eligió entre todas: “me quedo con la que leyó Mercedes Sosa porque habla de mí”.
En mayo de 2010, después de un concierto en Caracas, Cerati sufrió un accidente cerebrovascular. Pasó cuatro años en coma, hasta su muerte en septiembre de 2014. Su madre estuvo a su lado todo ese tiempo, y un mes antes del final lo dijo con palabras que la canción ya tenía: “Ahí estamos, al pie del cañón, esperando el milagro”. Cerati la había escrito como el hijo que quiere volver con su madre. Terminó siendo la canción de una madre esperando que su hijo vuelva.
Durante cuatro años, el que tardaba en llegar fue él.